Escondiéndonos entre “monstruos”: “The Whale”(2022) de Darren Aronofsky
Juan Carreño de Miranda, “La monstrua vestida” c.1680. Museo del Prado, Madrid.
En 1680, Carlos II, el último monarca de la dinastía Habsburgo, invitó a la niña Eugenia Martínez Vallejo a la corte; según cuentan los cronistas de la época, el rey pidió que se le vistiese “decentemente al uso de palacio” para ser parte de su entretenimiento. Juan Carreño de Miranda, pintor del rey y fiel seguidor de las tradiciones de la dinastía para retratar este tipo de personajes, es el encargado de traerla a nosotros, vistiéndola en un rico ropaje carmesí de brocado encarnado, los moños triangulares en su cabello resaltando la propia figura monumental de la niña con la intención de asemejarle a una enorme pirámide envuelta en seda. Eugenia Martínez Vallejo, vestida (c.1680) llega a nosotros como un monumento al exceso del pasado y la fascinación de sus “monstruos”. No muy distinto será Charlie, el nuevo Cristo de Darren Aronofsky, personaje cuya humanidad parece disolverse en las curvas de su cuerpo y su bestial apetito; otro gigante creado para escondernos detrás suyo.
Pero volvamos por un momento a la niña Eugenia. Sosteniendo una manzana en cada mano como símbolo de exceso, la fruta nos evoca la alegoría de tentación y pecado. Carreño De Miranda presenta a su nueva Eva, lista para ser la proyección de nuestros delitos morales. Cronistas de la época cuentan como en la corte las damas de compañía solían pasearla a su lado, mientras la niña maniobraba con dificultad sus cortas piernas tratando de asimilarles el paso; su presencia era incluida en condición de su funcionalidad, Eugenia solo existe para exaltar la “belleza” de otros. El artista parece confirmarlo cuando la titula “La monstrua”, y decide despojarla de sus elegantes ropajes para pintar a la niña desnuda. Evocativa del dios Baco y sus excesos a través de la corona de uvas y el racimo que sostiene sin interés alguno, Eugenia Martínez Vallejo, desnuda (c.1680) ha sido develada para el morbo del espectador barroco cuyo apetito es inmediatamente saciado a través de la plenitud de su piel desnuda. Presentada en un agraciado pero sardónico contrapposto, los dobleces de su piel ofrecen una textura evocativa de las pinceladas de Rubens—pero esta no es una mujer para nuestro consumo. Evadiendo nuestra mirada, su rostro refleja el temor y la vergüenza de estar siendo contemplada.
Juan Carreño de Miranda, “Eugenia Martínez Vallejo, desnuda” c.1680. Museo del Prado, Madrid.
Otro “monstruo” para el entretenimiento de la corte será Charlie en The Whale (2022): un hombre que ha perdido la voluntad de sobrevivir. Encallado en un cuerpo que le imposibilita ser-en-el-mundo, los pocos momentos de gozo son interrumpidos por ataques de tos recordándonos de su pronta muerte. Observarlo es ver el marchitar de un hombre. Mientras tanto, la nutrición de su cuerpo es transformada en una agresión hacia sí mismo y el espectador que parece ser cómplice del terrible destino del hombre frente a su pantalla. Las escenas consumiendo alimentos proponen una estética de un verdadero horror escatológico; Charlie aspira a la civilización pero sus aproximaciones a la comida no le permiten desprenderse de la barbarie. La saliva ensordecedora a través de la edición de sonido resalta su calidad de bestia, imposibilitándonos a reconocerlo como uno de los nuestros. Al igual que cuando se pintó a Eugenia, estas representaciones son diseñadas para permitir la proyección de nuestros delitos morales. Todo aquello que no queremos ser, y sin embargo actuamos acorde cuando nadie puede vernos.
Darren Aronofsky nos presenta un Cristo que siempre pone la otra mejilla frente a las agresiones que el mundo le dirige. Su aspecto físico, fuera de ser documental o reflejar la verdadera experiencia de personas con obesidad, es una decisión “creativa” y cuestionable que refleja el estado simbólico de su espíritu—además de la presente gordofobia en nuestra sociedad. La coraza de Charlie se revela como una trágica herramienta para traer su propio final griego; mientras que Sísifo empujaba la piedra perdido en su fé de ser liberado, Charlie abraza con sufrimiento un camino que lo conduce al infierno. Desde el primer momento en pantalla, el protagonista se rinde ante todos sus apetitos obligando la pregunta, ¿merece nuestra empatía? Pero el espectador reconoce que no puede ser el primero en aventar la primera piedra al contemplar la búsqueda de redención de Charlie desarrollado con maestría por Brendan Fraser.
El retrato de Darren Aronofsky poco parece diferir de aquel compuesto por Carreño de Miranda, cuando presentó a la niña Eugenia desnuda y dionisiaca, y de otros artistas asociadas en estas morbosas tradiciones de la corte y su necesidad por archivar su historia a través del lenguaje de la pintura. Recordándonos, que desfilar los pecados de Charlie, o las representaciones “monstruosas” de otros hombres, no otorga redención alguna sobre nuestros detrimentos morales, pero vaya que nos permite escondernos detrás suyo. Los vicios manifiestos de otros personajes inclusive pierden importancia frente al apetito del protagonista; no muy distinto a la obsesión de la sociedad de resaltar la gordura como el último de los pecados encarnados en el cuerpo. Charlie es una imagen superlativa que intenta esconder la vicisitud moral de los demás personajes—y a nosotros— en su búsqueda de redención. Juan Carreño de Miranda retrata una niña coronada en vicios para absolver a quienes la observaban; Darren Arenofsky nos presenta a un hombre presa de sus apetitos, un terrible Ugolino, incapaz de no devorarse a sus hijos.