Visión beligerante: Susanna y los “viejos feos”(1610) de Artemisia Gentileschi
Artemisia Gentileschi. 1610. Schloss Weißenstein, Bavaria.
Nacer mujer, o descubrirse como una, te marca como “el otro”, y si además de ello te atreves a ser joven, te pones directamente en la mira de lo que llamaremos los “viejos feos”. Estos monstruos que el destino les dio el accidente esencial de ser hombres son aquellos que usan su influencia y autoridad para imponer su narrativa frente a las agresiones sexuales que cometen. Por ello, son unos viejos feos. Tal vez los más famosos en la historia del arte son los del relato bíblico de “Susanna y los ancianos”. Tema que si bien es representado por grandes y sensibles artistas como Lorenzo Lotto, Tintoretto, Veronese y Rubens, será Artemisia Gentileschi la única que le otorgará el peso de la experiencia a sus creaciones artísticas.
En la historia bíblica, Susanna, una mujer joven, es espiada por dos ancianos amigos de su esposo mientras ésta toma un baño en el jardín de su casa. Los hombres demandan que Susanna tenga relaciones sexuales con ellos o sino la acusarán falsamente de adulterio. El señalamiento implicaba su muerte lapidada, destino que ella prefería antes de yacer con los ancianos. Al momento del juicio, el profeta Daniel, inspirado por una voz angelical, decide cuestionar de manera separada a los “viejos feos” encontrando contradicciones frente a sus testimonios. El profeta revela la treta en contra de Susannah, marcándola como epígono de virtud para la posteridad; pero a los artistas masculinos raramente les interesó representar esto.
El tema, bastante común a partir del siglo XVI debido al interés en la anatomía humana, permitía a los artistas retratar el cuerpo desnudo de una mujer mientras conservaban el dogma religioso, bajo el pretexto de estar exaltando las virtudes de modestia y fidelidad del pasaje bíblico. Sin embargo, en la práctica, el tema existía tan sólo para el placer de sus mecenas, que en vez de preferir cualquier otra parte del pasaje bíblico siempre demandaban la escena en donde la joven Susanna desnuda, se encuentra a la merced de los hombres completamente vestidos y dominados por su lujuria; inclusive mostrando a Susanna como partícipe de la escena, ya sea embelesada por su propia imagen como Tintoretto, o mucho peor, gratamente intoxicada por la atención de los ancianos como en el disegno de Anibale Carraci o la pintura de Alessandro Allori. El parecido con la visión actual masculina y su persistencia a través del tiempo, no es mera coincidencia. Sin embargo, Artemisia, tenía una visión mucho más apegada a la realidad de las mujeres jóvenes, y la experiencia del acoso.
Un tema recurrente a través de la carrera de Artemisia, en el cuadro de 1610, y posteriores, Susanna es retratada con un evidente disgusto ante la atención de los ancianos. En una contorsión que nos permite apreciar la carnosidad de su cuerpo, la desnudez de Susannah es colocada en un escenario de piedra tallada, a penas sumergiendo su pie en el agua. En vez de retratarla en la maleza como otros artistas, colocarla desnuda sobre la piedra evoca a las estatuas grecorromanas sobre pedestales, exaltando la identidad de la protagonista frente a los ancianos. Estos, como nubes de mal augurio, se colocan sobre Susanna mientras conspiran en contra de ella, ayudando a crear un ambiente de tensión en la obra. La ausencia de paisaje, enfatiza el momento de privacidad. Una vez colgado, la obra parecería una ventana, en donde los hombres invaden la intimidad de la escena. Bajo Susanna, entre las sombras encontramos la firma de la artista tallada sobre piedra, ésta sería su primera obra firmada en su exitosa carrera como artista, y como mencionamos, un tema recurrente junto con otras “mujeres poderosas” como Judith.
Si bien historiadores de arte relacionan la escena con aspectos autobiográficos de la artista, no es necesario conocerlos para ver en la escena una experiencia que resuena en la memoria colectiva del género. La historia cuenta que Artemisia, después de ser violada por su maestro, fue llevada a juicio en donde fue torturada mientras realizaba su confesión, elemento que su agresor no tuvo que confrontar al rendir su declaración. Si la destrucción de su reputación no era suficiente, la tortura implicaba la presión mecánica de los pulgares de sus manos, una acción que ponía en jaque su futuro como artista. Si bien, su victimario es declarado culpable, su sentencia—que era el exilio—nunca fue llevada a cabo ni ratificada por las autoridades. Pareciese que la resonancia con la actualidad parece no terminar, aunque ésta sea una historia de hace más de 400 años.
Frente a la sociedad, tanto culturalmente como en la práctica científica, el hombre es el parangón de estudio, relegando el papel femenino a un segundo término. Y en la visión otorgada por esta jerarquía, una siempre es la Susanna de Anibale Carracci. En su disegno vemos como el artista multiplica la imagen de los hombres contemplando a la mujer en la puerta del jardín. En vez de un par de ancianos, tenemos un ejercito de miradas atacando el cuerpo de Susanna, mientras ella parece apacible. El único que parece no mirar es la escultura de un putto, que apenado por la escena parece evadirle con la mirada. En nuestra sociedad, las víctimas de relaciones de poder son retratadas como femme fatales, en donde su belleza o juventud parece ser el peor argumento en su contra. Y nosotros, en vez de intervenir aunque fuese en nuestros propios cuestionamientos acerca de estas relaciones muchas veces decidimos hacer cual niño de la fuente, aunándonos a la condena de Susanna sin cuestionarnos acerca de las implicaciones éticas de la experiencia que contemplamos.
Encontrar los patrones en el arte nos permite cuestionarnos acerca de las narrativas implícitas que tenemos codificas en nuestro inconsciente como sociedad. Al final del día no es tan sólo las historias que recolectamos, sino la manera en que decidimos representarlas a través de nuestra cultura visual, permeando nuestras actitudes frente al presente. Lidiar con temas del acoso en la actualidad es muy similar al retrato de Susana con los viejos. Mientras se puede revelar la identidad de muchos acosadores y pederastas uno se somete al escrutinio de su cuerpo, identidad e historia. La barra es muy baja para justificar las acciones criminales de muchos hombres, y muy alta para permitir a las mujeres el acceso a la justicia, inclusive dentro de la narrativa social. Susanna es por definición un modelo de virtud, la llamada “víctima perfecta” y aún así, la historia pintada por hombres tiende a retratarla saboreando su acoso, cuando la realidad es aquella expuesta por Artemisia. Lo único que causan estos “viejos feos” es repugnancia. Y es mayor aún, cuando se atreven a justificar esta relación bajo los lentes del amor romántico, en vez de confrontar las dinámicas de poder que estos tienen sobre sus víctimas.